El obispo de Huelva, Santiago Gómez, hace lectura de la misiva enviada por el Santo Padre para cerrar la celebración del Domingo de Pentecostés que se celebró, por primera vez, en el Paseo Marismeño.

La devoción le pudo al calor. La misa pontifical del Rocío, en la mañana del domingo, tuvo todo lo que se le puede pedir a una celebración religiosa: solemnidad, devoción y emoción. Y no se pudo cerrar mejor que con una bendición final enviada por el papa León XIV, donde calificó a la romería rociera como «una tradicional peregrinación de fe y devoción».

El acto fue presidido por el obispo de Huelva, Santiago Gómez. Una cita que comenzó a las diez de la mañana con la novedad del cambio de escenario. Este año especial jubilar de la Esperanza se traslado el altar hasta el balcón de Doñana, en el Paseo Marismeño.

Allí, monseñor Gómez ofreció una homilía plena de reflexión sobre la lucha interna en el ser humano entre el bien y el mal; «por desgracia, la resistencia al Espíritu Santo, que tiene lugar en el interior de cada uno, encuentra en las diversas épocas históricas, también en la nuestra, sus manifestaciones externas, tales como las guerras, con la consiguiente carrera armamentista de nuevo reactivada; persistencia de la indigencia y el hambre en extensas regiones del planeta; indiferencia ante los derechos de inmigrantes y refugiados; corrupción en la vida pública; o los conflictos irresolubles».

Y en contraposición el obispo de Huelva puso en valor «tantos esfuerzos y sacrificios, a veces, heroicos en la búsqueda de la verdad, la paz, la justicia, la libertad y la solidaridad entre las personas y los pueblos; el amor total, fiel y fecundo en tantos matrimonios, que se irradia en las familias entre padres, hijos y abuelos; la preocupación y el cuidado de los enfermos, los débiles, los niños, los inmigrantes, los ancianos, los exiliados, los refugiados, los pobres y los presos».


