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“Hay que despertar del acarajotamiento al que nos tienen sometidos para manejar nuestra vida y nuestro patrimonio sin nuestro consentimiento”

Alberto Anaya es un músico onubense residente en Los Ángeles y que a sus veintiocho años puede presumir de hitos como haber participado en proyectos ganadores de premios Emmy o haber compuesto la banda sonora de películas, documentales y videojuegos distribuidos por todo el mundo. Hoy el Faro de Atlantis se traslada hasta la meca del cine para conversar con un onubense excepcional que tiene muchas cosas que contarnos.

Gracias, Alberto, por atender a este farero en Los Ángeles, el mejor lugar del mundo para alguien que se dedica a la composición de bandas sonoras y la postproducción de sonido. Desde fuera podría parecer lógico que alguien como tú esté aquí, pero no debe de haber sido nada fácil llegar…

Ha sido horrible. Durísimo. El proceso para obtener la visa que me permite trabajar en este país como artista es tedioso y enrevesado; prácticamente tienes que demostrar que eres una autoridad en tu campo y que ningún ciudadano de los Estados Unidos te puede reemplazar. De buscar piso mejor ni hablamos. Aquí todo es carísimo. Lo era antes de la inflación y ahora lo sigue siendo, y eso, unido al elevado coste de la vida, hace que la gente tenga que dedicar la mayor parte de su tiempo al ámbito laboral. De hecho, las relaciones entre las personas están muy deshumanizadas.

La gente busca relacionarse con personas de su mismo estatus socioeconómico o superior, o con alguien de quien puedan sacar algún tipo de beneficio. Y por ende, los demás asumen que tú también buscas algún tipo de beneficio cuando te relacionas con ellos. Es algo que a mí, particularmente, me tiene hasta las narices. No lo soporto. El interés económico y profesional, el putísimo networking en las relaciones personales, de amistad y ¡hasta de pareja!, aquí está completamente integrado y naturalizado. Es tan acojonante como perverso cuando te paras a pensarlo dos veces. Al final es supervivencia y es algo que no solamente ocurre en este país, lógicamente, pero tal vez aquí ocurre de manera mucho más acusada que, por ejemplo, en España.

Al mismo tiempo, estoy en el único lugar del planeta en el que hay suficiente trabajo de lo mío. A día de hoy, puedo ganarme la vida a base de ofrecer a mucha gente de manera sistemática un servicio de calidad, bien presentado y a buen precio por correo electrónico. Y por eso estoy aquí.

Por otra parte, vivir en Los Ángeles también te aporta cosas que no tienen precio, como el poder conocer a gente de muchísimos países y culturas muy diferentes. Todo eso te enriquece muchísimo como persona y te hace ver las cosas de una manera diferente. Te enseña sobre todo a no juzgar sin conocer, ya que prácticamente no hay nada que esté bien o mal al margen de las circunstancias de cada persona. Y en comparación con el resto del mundo, nuestras circunstancias son excepcionales…

«Los Ángeles te enseña a no juzgar sin conocer, ya que prácticamente no hay nada que esté bien o mal al margen de las circunstancias de cada persona»

Alberto, ¿cuándo nace tu pasión por la música?

Mi madre siempre cuenta que yo, incluso antes de hablar, ya tocaba de oído en un pequeño teclado con teclas diminutas las melodías que escuchaba por la radio o por la tele. Obviamente yo no tenía ni la más mínima idea de lo que estaba haciendo, pero me gustaba. Para mí era como el juego ese de los colores… El “Simón dice”. Mi pasión por la música nace realmente cuando comienzo a estudiarla en profundidad y a poder desentrañar los entresijos y los mecanismos que la componen.

Fue poco después de que me operaran, allá por el 2010 y el 2011. Yo tendría 15 años y recuerdo que hasta entonces las teóricas se me daban fatal. Pero claro, yo no quería repetir curso y que me pasaran a otra clase diferente por no dejar de ver a mis compañeros, así que me puse a estudiar las teóricas como armonía y otras, y el subidón de adrenalina que me dio al poder finalmente asomarme a comprender ciertas cosas fue tal que me enganchó de por vida. Ahí diría yo que verdaderamente nació mi pasión por la música.

Hablamos de cosas que tienen cierta complejidad, que cuestan mucho comprender cuando no tienes la madurez suficiente, y que hasta entonces para mí eran algo así como magia arcana. De hecho, sigue habiendo muchas cosas que apenas estoy terminando de comprender y de aprender como la íntima relación entre la música y las matemáticas en la búsqueda de patrones o “ideas felices”, o la relación entre el fenómeno físico armónico y la evolución de la música tonal.

«El vivir en Estados Unidos, y especialmente en Los Ángeles, te obliga a tener que monetizar tu tiempo de la manera más salvaje que puedas»

¿Cómo describirías tu música, Alberto?

Podría decirse que está hecha a medida de las necesidades del proyecto y a gusto del cliente. Yo te hago música de la misma forma que un carpintero te hace un mueble o un sastre te hace un traje. A tu gusto y medida.

Antes de iniciar la entrevista me contaste que tu familia se mudó a Huelva desde Nerva cuando tú tenías doce años para que pudieras continuar tus estudios de conservatorio. Alberto, como nervense que eres, ¿qué tiene Nerva para haber dado a músicos como el pianista Javier Perianes o tú mismo?

Lo de Javier es un caso aparte. Yo he tenido la suerte de tener varias profesoras en común como Julia Hierro o María Ramblado, pero Javier es de otra galaxia: él es de los mejores en lo suyo a nivel mundial.

Se dice que “Nerva es tierra de artistas” y no solo por músicos como Javier o como José Luis Pastor que es otro crack. Tienes a Vázquez Díaz, el maestro Rojas, Lauren Postigo… Yo te diría que lo que tiene Nerva lo tienen muchos otros municipios en España, y es que, de momento, tenemos la suerte de contar con un sistema de educación musical que, con todas sus fallas que las tiene, permite el acceso público a una formación musical bastante completa y accesible. Y al mismo tiempo, discípulos de maestros como Manuel Rojas se han quedado en el pueblo y han transmitido sus conocimientos muchas veces, como es el caso de Julita, de manera completamente desinteresada y altruista.

¿Cuáles dirías que son tus raíces musicales? ¿Ha influido en tu arte el haber nacido en Huelva?

Lógicamente mis raíces son la música de origen occidental tradicional (mal llamada música clásica), el jazz y el flamenco. Muy probablemente hubiera tenido las mismas raíces musicales de haber nacido en otro sitio a excepción del flamenco, pero no los mismos profesores, ni la misma familia, ni los mismos amigos. Así que sí, lógicamente el haber nacido donde nací ha influido mucho.

«Me motiva mucho ayudar a las personas a establecer un plan para que logren sus objetivos acompañándolas en el camino»

¿Qué sentiste cuando en diciembre del año 2021 se estrenó en el Auditorio Nacional de Música un villancico compuesto por ti? ¿De dónde nació la idea de componer ese villancico?

Bueno, la letra no es mía, y el villancico fue por encargo. En Nerva tenemos la Obra de Jesús Nazareno que es un asilo que da cobijo a personas mayores con escasos recursos realizando una labor social tremenda. Su fundadora, Luisa Sosa Fontenla hizo un poema que a mí me pidieron musicalizar en forma de villancico para un concierto de Navidad que iba a tener lugar en el Auditorio Nacional.

Fue una experiencia muy bonita, ya que la pieza gustó mucho desde el primer boceto, pero no fue una experiencia necesariamente mejor o diferente a cuando me han tocado o estrenado cualquier otra pieza en cualquier otro auditorio. Que alguien se interese por tu música o tus servicios y quiera estrenar una obra tuya siempre es un honor, y lo es en cualquier parte.

En Huelva tocaste en grupos tan diferentes como El Granuja y sus Majaras o la Onubraum Jazz Band. ¿Los echas de menos? ¿Participas en algún grupo o banda actualmente?

Lo echo terriblemente de menos. Aquí no tengo tiempo de hacerlo, pero tocar en grupo es, sin exagerar, de las cosas que más disfruto hacer en la vida. El vivir en Estados Unidos, y especialmente en Los Ángeles, te obliga a tener que monetizar tu tiempo de la manera más salvaje que puedas, con lo que, salvo que se trate de amenizar un gala o cositas así que sí que he hecho aquí, no me lo puedo permitir.

Pasemos ahora, si te parece bien, Alberto, al ámbito de lo más personal. ¿Cuándo y por qué te fuiste de Huelva?

Me fui a Sevilla en 2013 para cursar Enseñanzas Superiores de Música en la especialidad de Composición y para hacer justo después el máster para poder enseñar música en los institutos, dado que la docencia es la principal salida profesional que tiene esto en España. Y también porque la enseñanza me gusta, la verdad. Yo siempre he tenido alumnos de piano y de las materias teóricas del conservatorio. De hecho, todavía doy clases aquí en Los Ángeles. Me motiva mucho ayudar a las personas a establecer un plan para que logren sus objetivos acompañándolas en el camino. Es francamente satisfactorio.

En un momento de tu vida, te lías la manta a la cabeza y das el salto a Nueva York. ¿Qué te impulsó a solicitar una beca Fulbright y marcharte a Estados Unidos?

Fue mi profesor de Composición para Medios Audiovisuales, Rafael Luque, quien me habló de la beca y me animó a solicitarla. Por entonces yo ya andaba haciendo la música de algunos cortometrajes de estudiantes de Comunicación Audiovisual, pero no sabía que existía esa beca ni la del Programa Talentia, ni tampoco las becas de La Caixa ni nada de esto. No tenía ni idea.

Y claro, yo por pedir, pedí la luna. Pedí entrar a los tres mejores programas de máster en los Estados Unidos que hay para esto. Me admitieron en dos de ellos, uno en Los Ángeles y otro en Nueva York. Elegí el de Nueva York dado que me lo pagaban todo y además el programa era de dos años. Es un máster considerablemente más completo y te dan mucha libertad para elegir las asignaturas. Fue una gran decisión.

«Mi mayor logro es el nivel de disciplina, de compromiso, de rigor y de concentración que sé que puedo alcanzar con lo que me propongo»

¿Cuánto tiempo viviste en Nueva York? ¿Cómo fueron esos años?

Fueron dos años y medio. Desde agosto del 2018 hasta enero de 2021, y fueron, sin exagerar, los años más locos de mi vida hasta ahora. Piensa que yo viví allí todo el tema de la pandemia, el movimiento black live matters, lo de Trump… Fueron unos años muy convulsos. Y cuando estalló la pandemia aquello allí daba miedo, pero decidí quedarme dado que me salió una oportunidad laboral que verdaderamente no podía dejar escapar.

Nueva York es la selva madre. Lo era antes de la pandemia, lo fue durante la pandemia, y casi con toda seguridad lo sigue siendo hoy día. Fueron unos años en los que aprendí muchísimas cosas, por las buenas y por las malas, tanto a nivel personal como profesional. Es una ciudad perfecta para pasar una semana de vacaciones en verano, pero vivir allí todo el año es otra historia.

Alberto, ¿cuál dirías que es tu mayor logro hasta ahora?


El nivel de disciplina, de compromiso, de rigor y de concentración que sé que puedo alcanzar con lo que me propongo. Son cualidades muy difíciles de lograr en estos tiempos dada la cantidad de estímulos a la que estamos sometidos y la cantidad de personas que continuamente tratan de meter su basura en nuestras cabezas por medio de las pantallas. ¡Y no tengo nada en contra de las pantallas! Al contrario. Yo estoy a tope con la tecnología. Las redes, internet, la inteligencia artificial…. Me parecen herramientas maravillosas y fascinantes.

Pero también creo que deberíamos ser más conscientes y preocuparnos más por tener la información y las herramientas que nos permitan cribar y discernir mejor lo que merece nuestro tiempo y nuestra atención de lo que no lo merece.

No puedo estar más de acuerdo contigo, Alberto, y ojalá que tu reflexión haga pensar a más de uno. Cambiando de tema, recientemente has ingresado en la Academia de la Televisión de Los Ángeles. ¿Qué supone esto para ti?

Pues supone una gran oportunidad para conocer a más profesionales de diferentes áreas en los medios audiovisuales. Está muy bien porque de pronto hay una charla o una ponencia sobre efectos visuales o de prostéticos, ya sabes, esa gente que hace prótesis de silicona para alterar el rostro de los actores, o de cómo organizaron la producción de tal o cuál película o serie. Y aprendes mucho.

Y a día de hoy, ¿qué proyectos tienes entre manos, Alberto?

Acabo de mezclar una película muy bonita, The Memory In My Heart. También tengo por delante varios cortometrajes que necesitan tanto sonido de post producción como música: The Wifi-Date, The End of Me, Bloom, La Marcha de Los Pingüinos y El Hombre Sin Rostro. Por otro lado, Staycation, el show con el que ganamos el EMMY el pasado año, va a sacar otro episodio para el que también voy a hacer la postproducción y la mezcla. Y recientemente una empresa grande de sonido de post me ha llamado para hacer la edición de diálogo pre-mezcla en un videojuego. Eso lo tengo que entregar la semana que viene, vamos, ya mismo.

«Mi enfermedad de la niñez me enseñó a valorar las cosas antes de perderlas y a ser consciente de otras que nos pasan inadvertidas, como el privilegio y la fortuna de ser autosuficientes»

En nuestra conversación antes de la entrevista, también me contaste que a la edad de quince años tuviste que afrontar una grave enfermedad que puso en peligro tu vida. Viviste una situación que marcaría a cualquiera, mucho más a un chico que apenas ha comenzado a vivir. ¿De qué forma te influyó el lidiar con algo así?

Pues me quitó muchas cosas, como el poder mover del todo bien mi mano y mi pie izquierdo, el poder haber pasado una adolescencia sin ser una persona frágil de la que había que cuidar en todo momento por si se desmayaba, se caía o cualquier cosa… Pero me aportó muchas otras. Me enseñó a valorar las cosas antes de perderlas y a ser consciente de otras que nos pasan inadvertidas, como el privilegio y la fortuna de ser autosuficientes y de no necesitar que una persona te tenga que ayudar a ducharte, etc.

Parece broma, pero yo soy una persona mucho más feliz desde que me pasó lo que me pasó. Me dio un buen baremo con el que comparar y entender la gravedad y la importancia de mis problemas. Es un baremo que no es aplicable a los demás, lógicamente. Cada persona tendrá el suyo. Pero cuando cada día que pasa es una victoria porque no tienes un mareo o un episodio de convulsiones, o porque puedes hacer algo con tu mano, brazo o pierna que antes no podías hacer y encima puedes seguir persiguiendo tus metas, pues cada día celebras cosas.

Me parece admirable lo que cuentas, Alberto. Tanto que me cuesta preguntarte ahora algo tan trivial como qué te gustaría encontrar en Huelva exactamente igual que cuando te fuiste si pudieras volver en este preciso instante, pero es una pregunta que le hago a todos mis entrevistados

Pues, sin duda, la gente. Huelva es uno de esos pueblos grandes en los que pueden florecer amistades verdaderas y desinteresadas. Me gustaría que eso no cambiara nunca.

Y, por otro lado, si regresaras hoy a Huelva, ¿qué te gustaría que hubiera cambiado?

Por pedir pediría que, en lugar de tener que votar a listas de personas que ponen ahí los jefes de los partidos políticos, tuviéramos un sistema político algo más parecido a lo que hay aquí, donde sí hay representación y las personas que integran el Ejecutivo y el Legislativo son diferentes, y la independencia judicial al menos guarda las apariencias. Huelva es el culo de España entre otras muchas razones porque sus políticos no responden ante los ciudadanos, sino ante quienes les ponen en las listas para que la gente los pueda votar.

También me gustaría que hubiera mucha menos gente pasando necesidad y buscando entre los contenedores de la basura y, puestos a pedir, me gustaría que Huelva, y no solo Huelva, despertara del acarajotamiento y de las distracciones a las que nos tienen continuamente sometidos para manejar nuestra vida y nuestro patrimonio sin nuestro consentimiento. Me gustaría que, aunque no tengamos más cojones que ser la Florida de Europa, al menos nos pudiéramos permitir recordarle a la población cada semana o cada dos semanas cuál es el protocolo de actuación para el tsunami que estamos esperando, etc… En fin, yo por pedir, pido la luna.

«La meritocracia no existe. El partirte los cuernos estudiando y sacrificarlo todo sin mirar atrás por llegar a cualquier sitio a cualquier precio no te garantiza nada más que lo que aprendas por el camino»

Y haces bien, Alberto, se podrá decir más alto, pero no más claro de lo que tú lo has dicho.

Con la perspectiva que te da la distancia, ¿cómo te imaginas el futuro en Huelva dentro de, pongamos, diez años?

Afortunadamente, sobre todo por el tema de las pensiones, parece que va a venir mucha más gente de fuera a buscarse la vida y eso nos va a hacer mejores a todos.

Pero vaya, yo diría que hasta que no pase algo severamente grave, parece que todo va a seguir igual.

Y ya para terminar, Alberto, ¿quieres decir algo a quienes lean esta entrevista?

Sí. Si eres alguien con una procedencia y unas aspiraciones similares a las mías, no cometas el error que yo cometí. La meritocracia no existe. El partirte los cuernos estudiando y sacrificarlo todo sin mirar atrás por llegar a cualquier sitio a cualquier precio no te garantiza nada más que lo que aprendas por el camino. Yo soy una persona que tuvo muchísima suerte en la vida y, además, he asumido riesgos como el haberme quedado por una oferta de trabajo en el epicentro mundial de la pandemia cuando estalló y nadie sabía nada. Muchas veces no eres plenamente consciente de los riesgos que asumes hasta pasados los años. Para más inri, esos riesgos suponen un sacrificio que también padecen injustamente los demás, puesto que ellos no deciden estar lejos de ti y padecen igualmente tus ausencias.

Todavía hoy sigue siendo un precio tremendamente caro el que pago cada día por poder seguir ganándome la vida con esto. Pero lo seguiré pagando hasta que me salga más barato arrepentirme.
En definitiva, no seas como yo ni pienses como yo. Hazlo solo si lo necesitas.

¿Podremos algún día volver a disfrutar en los escenarios de Huelva de tu presencia, Alberto?

Tal vez. Lógicamente ahora aprovecho el poco tiempo que puedo pasar al año en Huelva cerca de mi familia y de mis amigos con ellos. Es lo que tiene la vida. No se puede tener todo. Hay que elegir.

Muchas gracias, Alberto, por dedicarnos tu valioso tiempo y, sobre todo, por la sinceridad de tus palabras. Te prometo que a partir de ahora miraré los créditos de series y películas con más atención buscando tu nombre. Te deseo toda la suerte del mundo, sin duda, te la mereces.

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