Nuevo programa con la voz y la pluma de Pepe Rico quien, en esta ocasión, nos acerca a la historia de Alberto Eró Zucca.

PEPE RICO. Alberto nació en Cagliari, capital de Cerdeña, y ¿cómo es que vino a parar a este rinconcito de Huelva? Al corazón del Andévalo: A Puebla de Guzmán. Probablemente, fue fruto de la casualidad.
Su infancia fue difícil pues quedó pronto huérfano de padres, perdió también a dos hermanos y fue criado por sus tías.
En la década de los años sesenta la emigración a Alemania suponía un futuro para salir de la miseria de su país y mi padre, con una mente prodigiosa y un cociente intelectual muy alto, decidió correr mundo, aprender idiomas y trabajar.
Consiguió dominar más de cinco idiomas hablados y escritos, además de varios dialectos y de perfeccionar el alemán. Estudió peritaje industrial, pero trabajó más como intérprete y como comercial.En la fábrica donde trabajaba conoció a Manuela, la mujer de mi tío Manuel, quien le enseñó una fotografía que se convertiría en su pasaporte definitivo al Andévalo. En ella posaba una joven morena de ojos azules con una mantilla. Esa era mi madre, María. Lo enamoró perdidamente y decidió escribirle una carta, con el debido permiso.


Tras varias misivas, vino personalmente a Puebla para conocerla y tras la tercera vez que vino ya sería para casarse.
En principio, se fueron a vivir a Barcelona, donde nacimos mi hermano y yo. Luego, encontró trabajo en Huelva, donde nacería mi hermana la pequeña.
Por supuesto, como es costumbre en Italia, como primogénita, me llamaría como mi abuela paterna, Clelia. Mi hermano, en honor a su tío, se llamaría Paolo. La pequeña, en honor a la devoción que le tenía a la Virgen, sería María de la Peña.
En Puebla, pasábamos mucho tiempo porque veníamos todos los fines de semana y a todas las fiestas (Navidad, Semana Santa, romería….).
Mi padre era un profundo cristiano y de una fe muy arraigada; católico, apostólico, romano y practicante, que poco a poco fue aumentando su amor a la Virgen María y a nuestra Señora de la Peña. Iba todos los domingos a misa y a las fiestas. Colaboraba con la iglesia y con todo cuanto el párroco le pidiera.
Recuerdo una romería que se la pasó arreglando los bancos de la iglesia. Tenía unas manos extraordinarias, tanto para cualquier arreglo como para el arte de la ebanistería. Hizo muchas tallas, cunas, arcas, techos, jamugas, cruces, palos de pendón y un sillón, que en casa es la «joya de la corona».
En 1994, fuimos mayordomos de la Virgen de la Peña, para agradecerle su intercesión en la intervención y curación de su afección cardíaca y vivió la romería de una forma muy particular. No montó a caballo, ni se vistió de gabacho, pero fue un peñero más.
Quiso ser pregonero y se lo propusieron, pero por circunstancias que ignoramos, se le retiró la invitación. Sin embargo, no desistió, porque con su fe y la amistad que le unía al párroco de Alosno, fue pregonero de San Antonio de Padua que fue uno de los momentos más felices de su vida.
Este intelectual, con una cultura general extensísima en todos sus ámbitos, se adaptó al Andévalo y fue absorbido por este totalmente.
No hubo un pueblo de los alrededores que él no conociera, sobre su historia y tradiciones.
