Episodio dedicado a la desaparición de Simón Rodríguez González ocurrida en El Cerro el 1 de febrero del año 2022.

Pepe Rico. Sucesión interminable de meses, semanas, días… Angustia casi infinita que no se detiene, ni se mitiga, ni cesa temporalmente… En su día, con la máxima celeridad, se dio la voz de alarma y acudieron los elementos de búsqueda de la Guardia Civil, con perros adiestrados y helicópteros y se hicieron batidas, una tras otra, por los alrededores de su querido pueblo.
Mi amigo Simón se había esfumado cual tenue humo de fogata pequeña.
Había acudido, el día 1 de febrero de 2022, al Centro Médico de El Cerro de Andévalo, para sus pequeñas dolencias propias de la edad y al cabo de muy poco tiempo, allí, en sus alrededores, Simón ya no estaba ni se le encontraba.
Una muralla enorme se alza ante el sentimiento doloroso de la familia y amigos y vecinos porque no hay explicación a tan desafortunado y terrible incidente.

En esta mañana temprana de final de agosto, acompaño a su hija, Encarni, y a su marido, Juan José, porque una persona fortuita, desconocida y, al parecer, con ciertos dones especiales, les ha transmitido la información que le estaba llegando acerca del caso, mediante dibujos y “escritura automática”, a través de sms y WhatsApp.
En esta ocasión, fija su mente en una fuente que da en llamar de la Montesina y hasta aquí hemos venido en su busca, tras preguntar a varios amigos adónde estaría ubicada y no fue difícil dar con ella y aquí está, junto a un puente del antiguo ferrocarril de la mina de La Joya, con pequeña arquitectura para recogida del agua del manantial.
Encarni y Juan José, jóvenes ellos, patean el lugar y buscan y rebuscan y miran y remiran.
Estás indicaciones de personas que dicen estar en situación de comunicación con el “más allá” por escritura mecánica o por telepatía son las únicas esperanzas que quedan y, aunque puedan tildarse de falsas o erróneas, el pecho encogido de quienes siguen sintiendo la brutal ausencia las persiguen con ahínco.


Mi conversación con estos dos amigos, porque también lo fui de su padre, me impulsa a contarles que yo llevo vividas más de cincuenta situaciones paranormales sin explicación alguna y por consejo del profesor antropólogo, Pedro A. Cantero de la Universidad Pablo Olavide de Sevilla, he venido divulgando entre amigos y conocidos y, también por su consejo, intentando aceptar estos extraños fenómenos: caídas de cuadros, luces que se encienden solas, olores diversos a perfumes, escrituras automáticas de mi nieto pequeño…
Mas es tan alta la muralla que ni siquiera se atisban las almenas. Solo dolor, pesadumbre, sufrimiento, vacío.
Que cada cual piense y diga, porque aquí no hay busillis. “In diebus illis», que escribiría Bécquer.
