Una semana más, Pepe Rico nos acerca a la historia y la cultura de la provincia de Huelva. En esta ocasión, nos narra una singular historia de El Cerro.

PEPE RICO. Año 2011. Tarde calurosa de verano de un agosto sin misericordia, en El Cerro de Andévalo. Al pie del pozo Renato, un acólito casual y amigo sostiene el acetre con el agua bendita y el hisopo; a su derecha, el sacerdote Don Santiago Santaolalla cierra sobre sus manos un libro del bien decir, de la bendición. El libro lleva varios separadores entre sus páginas y con sumo cuidado lo ofrece a Su Eminencia, el cardenal y arzobispo emérito de Barcelona, Ricardo María Carles que está revestido para la ocasión con birreta roja, cruz pectoral… A su derecha, Don Pedro Romero Rubio, alcalde de El Cerro de Andévalo, seguido del profesor Pascual Montañés Duato, como Consejero Delegado de la empresa Petaquilla en España, y su señora. Bajo la misma sombra de la copuda higuera que nos cobija, este escribidor y la señora del Secretario del Cardenal. Frente a todos nosotros graban imágenes fijas y fílmicas un profesor de la Universidad de Huelva y el citado secretario.

Nuestro párroco sostiene el libro con ambas manos, como si de un atril humano se tratara… Su Eminencia lee despacio y con firmeza los pasajes seleccionados previamente y bendice el lugar: Nos persignamos todos, rezamos todos.
Su Eminencia se unge la frente con el hisopo del agua bendita y la rocía sobre el campo yerto, árido, con tres cruces, tres veces… y debió apretarle la devoción en el pecho porque acabada la ceremonia nos explica: “Dios puso al hombre sobre la Tierra para que diera sus frutos…”. Y más adelante: “La Historia de la Iglesia es la historia de su diacronía… ¡Ay! desde aquellos pobres doce del seguimiento fiel a Jesús, hasta hoy…”.
– Monseñor: -le dije torpe, pues no supe ajustar el tratamiento- me ha llegado hondo, calado dentro, el mensaje del último párrafo.
– Tome -me dijo, acercándome su manuscrito-, lea, aunque ya os lo haré llegar.
Y leí, leí humildad, caridad y justicia. Tres pilares que han sustentado esa diacronía de que hablaba el Cardenal Carles.
A lo lejos, un guarda de seguridad ha asistido al breve momento entre despreocupado y perplejo.
En mi interior, ya solo con el alcalde, resuenan las palabras del profesor Montañés, en convivencia anterior, sobre la realidad de una potenciación del desarrollo de los valores culturales y socioeconómicos de mi Andévalo querido.
Han pasado los años y nada de aquello queda. La bendición se disipó en las nubes. La caridad, la humildad y la justicia hicieron “mutis” por el foro.
La desolación del paisaje es aún mayor. El vacío descomunal. La ilusión, creada con la potenciación del desarrollo, dolió “hasta en el aliento”. Gracias, Miguel Hernández por tus versos.

